Capítulo 189 La caída de un traidor
Amatista colgó la llamada y guardó el teléfono en su bolso con expresión seria. En el auto, el silencio era denso. Nadie hablaba, todos procesaban lo que acababa de pasar.
—No podemos arriesgarnos a llevar a Carolina y al bebé a la mansión —dijo finalmente, rompiendo el silencio—. Si Liam planea algo, no lo hará si cree que ella sigue en cautiverio.
Facundo, con el ceño fruncido, asintió.
—Cerca de aquí tengo un amigo. Podemos refugiarnos en su casa.
Amatista negó de inmediato.
—Es demasiado peligroso. Esta ciudad la maneja Liam. No sabemos quién lo apoya y quién no. Lo mejor es que te lleves el auto y los lleves al club.
Carolina, que hasta ahora había permanecido en silencio, habló por primera vez.
—Liam tiene guardias en la casa de enfrente. Seguramente intenten emboscarlos... Pero solo atacarán si Liam se los indica.
Amatista la miró sorprendida. Carolina sonrió, una mueca sin humor.
—Solo te lo digo porque sé que cumplirás tu palabra y me dejarás ir.
Amatista entrecerró los ojos, analizando a la mujer. Algo en su tono sonaba demasiado resignado.
—Cuando mates a ese hijo de puta... —agregó Carolina con desprecio— dile que el bebé no es suyo. Me acosté con varios de sus socios y nunca tuve claro quién es el padre.
El aire en el auto se volvió helado. Amatista parpadeó, sin poder evitar la sorpresa.
—Está bien… —dijo casi incrédula.
Carolina se volvió hacia Facundo.
—No intentaré nada. Podemos irnos en un taxi.
Facundo suspiró, pasándose una mano por el rostro.
—Bien.
Sin más, abrió la puerta del auto y salió junto a Carolina y el bebé. Amatista los observó alejarse por unos segundos antes de girarse hacia Alan.
—Vámonos.
Alan encendió el motor y aceleró en dirección a la mansión de Liam. Amatista tomó la radio y habló con voz firme.
—Emilio, en la casa de enfrente hay hombres de Liam listos para atacar.
—Lo tenemos cubierto —respondió Emilio al instante.
Diez minutos después, llegaron.
La mansión de Liam estaba sumida en el caos. Afuera, los guardias de Enzo tenían controlado el perímetro, y dentro, Emilio, Andrés, Mateo, Massimo y varios hombres dominaban la situación.
Los guardias de la casa de enfrente ya habían sido neutralizados.
Y en medio del gran salón, arrodillados en el suelo y atados, estaban Liam y Diego.
Diego tenía el rostro cubierto de sangre y moretones, pero Liam se veía mucho mejor… al menos hasta que Amatista miró hacia la izquierda y vio a Enzo.
Tenía los nudillos destrozados y la sangre le corría por la ceja y el labio, pero seguía golpeando a Diego sin piedad.
Amatista observó la escena en silencio, sin apresurarse, como si estuviera memorizando cada detalle.
Liam alzó la vista y la encontró.
—¡Maldita zorra! —escupió con rabia.
Amatista lo ignoró. Se acercó con calma, observándolo desde arriba.
—¿Dónde está Carolina? —exigió Liam, con los ojos encendidos de furia.
Amatista se inclinó ligeramente, su voz serena.
—Está a salvo. No iba a arriesgarme a traerla aquí.
El silencio que siguió fue espeso, tenso. Hasta que Alan rompió la quietud.
—¿No le vas a contar lo que Carolina dijo?
Liam frunció el ceño, confundido.
Amatista sonrió levemente y se inclinó aún más hacia él.
—Carolina me pidió que te diera un mensaje antes de que mueras.
Liam se quedó quieto, expectante.
—El bebé no es tuyo —susurró Amatista, disfrutando la forma en que el rostro de Liam se desfiguraba por la incredulidad—. Se acostó con varios de tus socios y nunca tuvo claro quién era el padre.
El silencio fue absoluto.
Hasta que Diego soltó una carcajada seca.
—¡Nos van a matar por un bebé que ni siquiera es suyo! —se burló, escupiendo sangre en el suelo—. Qué ironía, ¿no crees, Liam?
Liam, sin embargo, no dijo nada. Su mandíbula estaba tensa, y sus ojos, fijos en Amatista, parecían a punto de explotar.
Liam respiraba con dificultad, su pecho subía y bajaba con rabia contenida. Sus ojos, encendidos de furia, seguían fijos en Amatista, como si quisiera desgarrarla con la mirada.
—Maldita perra —gruñó, su voz rota por el resentimiento—. Todo esto es culpa tuya.
Amatista, lejos de inmutarse, inclinó la cabeza con diversión y soltó una risa suave, burlona.
—¿Eso es lo mejor que tienes, Liam? —preguntó con falsa decepción—. Vamos, esperaba más creatividad de un hombre que se creía lo suficientemente listo como para traicionar a Enzo.
Liam apretó los puños, pero estaba atado y arrodillado. No tenía más opción que tragar su frustración.
Amatista sintió una presencia a su lado. Enzo se acercó con la calma peligrosa que lo caracterizaba, su rostro aún con rastros de sangre seca y moretones de la pelea. Sin apartar la vista de los dos traidores, preguntó en voz baja:
—¿Qué quieres hacer con ellos, gatita?
Amatista lo miró, sus ojos oscuros reflejando la misma frialdad que los de él.
—Son todo tuyos.
La sonrisa que se dibujó en los labios de Enzo fue pura satisfacción.
—Sabía que dirías eso.
Sin previo aviso, Enzo tomó el rostro de Amatista con una mano y la besó. No fue un beso suave ni dulce, sino uno cargado de tensión, de poder, de posesión. Amatista no se apartó, lo aceptó con la misma intensidad antes de que él se girara de nuevo hacia Liam y Diego.
El primero en recibir otro golpe fue Diego. El sonido del puño de Enzo impactando su rostro resonó en la habitación. La cabeza de Diego se sacudió hacia un lado, su boca escupió sangre, pero se limitó a reír con un dejo de locura.
—Duele, ¿verdad? —murmuró Diego, apenas pudiendo levantar la cabeza—. No tanto como saber que nunca la tendrás para ti, Enzo.
Otro golpe brutal cayó sobre su rostro, cortando su risa en seco.
Liam observó la escena y sacudió la cabeza con desprecio.
—Tienes suerte, Enzo. Si no fuera por esa perra, ya estarías muerto.
Enzo se detuvo, ladeando la cabeza con diversión.
—¿Suerte? —repitió, burlón—. No, Liam. Esa es la diferencia entre nosotros.
Se agachó, sujetando la mandíbula de Liam con fuerza, obligándolo a mirarlo a los ojos.
—Mi esposa haría lo que fuera para protegerme, como yo lo haría por ella. En cambio, la tuya… —sonrió con burla— solo es una puta.
Liam quiso lanzarse sobre Enzo, pero sus ataduras lo impidieron. Su rostro estaba rojo de furia, de impotencia.
Diego, a su lado, seguía riéndose, como si ya no le importara nada.
Enzo se incorporó lentamente, flexionando los dedos antes de volver a golpear.
Y esta vez, no tenía intención de detenerse.
El cuarto estaba impregnado con el eco de los golpes. Liam y Diego, ya casi irreconocibles, seguían luchando por mantenerse conscientes mientras la brutalidad de los golpes de Enzo caía sobre ellos, implacable. El sonido de los puños chocando contra carne, el respiro entrecortado de los dos hombres y los murmullos de dolor llenaban el aire, pero Enzo no parecía mostrar signos de cansancio. Sin embargo, a medida que el tiempo pasaba y la furia de la pelea comenzaba a desvanecerse en su cuerpo, Enzo finalmente se detuvo, la respiración agitada pero controlada.
Se acercó lentamente a Alan y Joel, que observaban con calma el espectáculo, esperando su señal.
—Suficiente —dijo Enzo, con voz grave y autoritaria—. Alan, Joel, continúen. Yo ya no puedo más.
Alan y Joel se acercaron sin decir palabra, su presencia imponente mientras sus puños comenzaban a caer sobre los cuerpos de Liam y Diego, quien aún luchaba por mantenerse consciente entre las bofetadas y los gritos. La violencia continuó, pero Enzo ya no estaba dispuesto a participar más.
Él se apartó, dirigiéndose hacia la esquina de la habitación donde había dejado su cigarrillo. Lo encendió con calma, el humo envolviendo su rostro mientras sus ojos seguían fijos en el caos que se desataba frente a él. Su cuerpo se tensaba, pero no estaba mirando a los hombres que golpeaban a los traidores. Estaba buscando algo más, algo más cercano.
Amatista, observando el panorama desde una distancia, se encontraba en el centro de todo, como si la calma dentro de ella contrastara con la tormenta a su alrededor. Enzo dio un paso hacia ella, y aunque sus ojos seguían fríos como el acero, su acercamiento denotaba una suavidad que rara vez dejaba ver.
Se acercó sin decir palabra, sus brazos rodearon su figura con una ternura que parecía desconcertante después de la violencia que acababa de desatarse. El peso de su abrazo estaba lleno de gratitud, y sus palabras, aunque suaves, revelaban la profunda conexión que compartían.
—Gracias —susurró Enzo, sus labios cerca de su oído mientras acariciaba su cabello. La ternura que mostró en ese momento fue tan ajena a la imagen de hombre implacable que acababa de golpear a Liam y Diego, que resultaba casi surrealista.
Amatista se permitió apoyarse en él por un momento, sintiendo la calma de su cuerpo después del caos, antes de alzar la vista hacia sus ojos. La pregunta de Enzo fue casi un susurro, como si quisiera conocer la verdad detrás de la mente que había orquestado todo.
—¿Cómo lo supiste, gatita? —preguntó suavemente.
Amatista, aún abrazada a él, sonrió levemente.
—Me pareció raro que Liam te hubiera encontrado tan rápido —respondió con tranquilidad—. Algo no encajaba. Le pedí a Eugenio que revisara las cámaras de seguridad, y ahí vimos a Liam y Diego juntos, más cercanos de lo que deberían estar. Era evidente que no era una coincidencia.
Enzo dejó escapar una risa baja, admirado por la astucia de Amatista. Su mirada se suavizó aún más, y sin poder evitarlo, se inclinó hacia ella, besándola con ternura.
—Eres muy inteligente, gatita —dijo con una sonrisa satisfecha.
Se apartó lentamente, el resplandor de la conexión entre ellos aún brillando en el aire. Enzo dio una orden a Alan y Joel, su tono más serio ahora que la amenaza de los traidores ya no estaba presente.
—Acaben con esto —dijo en voz baja—. Es hora de irnos.
Mateo y Massimo, que se habían mantenido al margen, intercambiaron miradas antes de sacar sus armas con precisión. Los disparos resonaron en el aire, contundentes y finales. La verdad era clara: Diego ya no era una amenaza, y Liam, el traidor, había recibido su castigo.
El rugido de los motores rompía la quietud de la noche mientras la caravana de autos y camionetas atravesaba el camino de regreso al club. La carretera estaba desierta, y el único sonido que acompañaba el viaje era el zumbido monótono de las llantas deslizándose sobre el asfalto.
Mateo y Massimo iban en un auto separado, conduciendo en silencio, sus rostros marcados por la tensión de la noche. En otro vehículo, Emilio, Andrés y Joel también mantenían el mismo aire sombrío. Habían ejecutado lo necesario, y aunque ninguno de ellos se arrepentía, sabían que esta noche quedaría grabada en sus mentes.
En el tercer auto, Alan conducía con serenidad, sus ojos enfocados en la carretera. En el asiento trasero, Amatista descansaba en los brazos de Enzo, su cuerpo acurrucado contra el suyo. Enzo tenía un brazo rodeándola con firmeza, como si incluso en la tranquilidad del regreso temiera perderla. Sus dedos trazaban círculos suaves sobre su espalda, en un gesto de posesión y ternura a la vez.
Los guardias seguían detrás en las camionetas restantes, asegurándose de que el camino estuviera despejado y que no hubiera sorpresas.
Unas horas después...
El convoy finalmente llegó al club. A pesar de la hora, algunas luces seguían encendidas, iluminando la entrada con un resplandor cálido. Apenas descendieron de los autos, los esperaban Facundo, Carolina y el bebé, junto con Luna, Samara, Esteban, Alexander y algunos otros que habían permanecido allí.
El ambiente se sintió tenso al instante.
Enzo apenas vio a Carolina, su mandíbula se tensó y sus ojos se oscurecieron con un odio frío. Caminó lentamente hacia ella, sus pasos medidos, su postura dominante.
—Lárgate —le ordenó, su voz baja pero cargada de veneno.
Carolina no se movió, sosteniendo al bebé con firmeza en sus brazos. Enzo dio un paso más cerca, inclinándose apenas hacia ella.
—Si intentas algo, no tendré piedad —su tono era gélido, y su mirada dejaba claro que no era una amenaza vacía.
Carolina lo miró sin temor, con una expresión que rozaba la resignación.
—No voy a intentar nada —respondió con calma—. Estoy agradecida de que me hayan librado de ese hijo de puta.
Hubo un largo silencio en el que ninguno apartó la mirada. Finalmente, Enzo se enderezó y se alejó de ella con una expresión de desinterés absoluto.
El grupo comenzó a entrar en la gran sala del club, buscando finalmente un momento de respiro. Se acomodaron en los sillones, dejándose caer con agotamiento. La noche había sido larga, y todos sentían el peso de la tensión en sus cuerpos.
Alan, con una sonrisa cansada pero satisfecha, rompió el silencio.
—Deberíamos festejar —dijo, acomodándose en el sofá—. La operación de Amatista fue un éxito.
Amatista, que estaba sentada junto a Enzo, negó suavemente con la cabeza.
—Es muy tarde —respondió—. Mejor descansemos. Mañana tendremos todo el día para celebrar.
El cansancio pesaba sobre todos, y nadie discutió la sugerencia de Amatista. Uno a uno, comenzaron a levantarse de los sillones y dirigirse a sus habitaciones. Alan fue el primero en estirarse con un suspiro y murmurar algo sobre necesitar al menos ocho horas de sueño. Massimo y Mateo intercambiaron miradas antes de hacer lo mismo, mientras Emilio, Andrés y Joel simplemente se encaminaron sin decir mucho, agotados por la larga noche.
Cuando la sala quedó vacía, Enzo se puso de pie y tomó la mano de Amatista con naturalidad, guiándola escaleras arriba sin necesidad de palabras.
Al llegar a su habitación, Enzo cerró la puerta tras ellos y comenzó a desabotonar su camisa con lentitud, sintiendo el ardor de los golpes en su piel. Su cuerpo estaba cubierto de moretones y cortes, un recordatorio de la emboscada que había sufrido.
—Ven —dijo Amatista, tomando su mano y llevándolo al baño.
El agua caliente comenzó a llenar la bañera mientras ella lo ayudaba a deshacerse del resto de la ropa. Enzo la observaba con una mezcla de diversión y deseo, sus labios curvándose en una sonrisa ladina.
—Te gusta cuidarme, ¿eh, gatita? —murmuró, con su tono bajo y provocador.
Amatista, sin responderle, simplemente lo empujó suavemente para que entrara en la bañera. Enzo dejó escapar un suspiro al sentir el alivio del agua caliente sobre sus músculos tensos.
Ella se metió después, acercándose con delicadeza, tomando un paño húmedo y comenzando a limpiar con suavidad los cortes y moretones de su rostro. Sus dedos se movían con precisión, sin titubeos.
—Te emboscaron —dijo en voz baja, observándolo mientras limpiaba un rastro de sangre seca en su pómulo.
Enzo inclinó la cabeza levemente, disfrutando el roce de sus manos.
—Sí —respondió sin mayor preocupación—. Pero lo resolvimos, ¿no?
Amatista no discutió. En lugar de eso, continuó pasando el paño por su torso, limpiando cada rastro de suciedad y sangre con la misma delicadeza.
—Me gusta cuando eres tan atenta conmigo —dijo Enzo con una sonrisa, inclinándose un poco hacia ella—. Aunque podrías ponerle un poco más de cariño...
—Estoy limpiándote, no besando tus heridas —respondió ella, con un deje de ironía.
Enzo soltó una risa baja y tomó su muñeca con suavidad, deteniendo sus movimientos.
—Podrías hacer ambas cosas —sugirió, su voz ronca.
Amatista lo miró con calma, sin rastro de sonrojo o incomodidad. En lugar de responderle, se inclinó y besó con suavidad uno de los moretones de su mandíbula. Enzo sonrió, satisfecho.
—Sabía que lo harías, gatita.
Ella negó con la cabeza, pero no se alejó.