Capítulo 134 Sombras entre diseños
Los primeros rayos del sol se filtraban perezosos entre las cortinas, bañando la habitación en una luz cálida y suave. Amatista apenas se movió, enredada entre las sábanas, con los ojos cerrados y el cuerpo pesado.
Enzo, ya medio despierto, se estiró junto a ella y la observó con una sonrisa ladeada. Su voz, aún ronca por el sueño, rompió el silencio.
—Vamos, gatita… —susurró, inclinándose para besar suavemente su hombro—. Es hora de levantarse y darnos un buen baño.
Amatista emitió un leve quejido y, en lugar de responder, se dio la vuelta, enterrando el rostro en la almohada.
Enzo soltó una risa baja, divertida por su actitud.
—Eres una perezosa incorregible.
Amatista murmuró algo ininteligible, pero luego habló con voz adormilada:
—No soy yo, es nuestro hijo el que tiene sueño… —bromeó, esbozando una sonrisa perezosa.
Enzo rió con suavidad.
—No pongas excusas, gatita. No me lo creo.
Sin abrir los ojos, Amatista estiró los brazos y lo atrajo hacia ella, envolviéndolo en un abrazo cálido.
—Solo cinco minutos más, amor… —susurró, acurrucándose aún más.
Enzo suspiró con resignación, pero no pudo evitar abrazarla de vuelta.
—Cinco minutos —aceptó, aunque ambos sabían que serían más.
Finalmente, tras ese breve momento de quietud, ambos se levantaron y compartieron una ducha tranquila, entre risas y caricias, dejando que el agua tibia disipara el letargo.
Ya vestidos, bajaron juntos al comedor. El aroma a café y pan tostado llenaba el aire. Rita e Isis ya estaban allí, sentadas, cuando ambos entraron.
Los ojos de Isis se clavaron en el cuello de Enzo, notando las marcadas mordidas que asomaban apenas bajo el cuello de su camisa. Su expresión se endureció al instante. Rita, en cambio, ocultó su incomodidad tras una sonrisa forzada.
Enzo, como si nada, se sirvió café, mientras Amatista, con total naturalidad, tomaba jugo de naranja y mordía su tostada.
—Amor, ¿me llevas a la clínica? —preguntó Enzo con tono casual, girándose hacia ella.
Amatista levantó la vista y, con calma, respondió:
—¿No recuerdas que tengo que salir hoy? —su tono era despreocupado, pero evitó mencionar a Santiago.
Enzo asintió levemente.
—Déjame en la clínica y luego llévate la camioneta. Le pediré a Roque que pase por mí.
Amatista sonrió mientras daba otra mordida a su tostada.
—Está bien, como desees.
Enzo la observó con atención, fijándose en cómo sus dientes hundían la tostada.
—Tienes una mordida filosa, gatita… —comentó en tono coquetamente provocador.
Amatista rió, pero el gesto la hizo atragantarse levemente. Lanzó una mirada fugaz y desafiante a Enzo mientras bebía jugo para calmarse.
Enzo soltó una carcajada, disfrutando del momento.
—No me mires así, sabes que tengo razón.
Isis desvió la mirada con disgusto, mientras Rita apretaba suavemente la taza entre sus manos, fingiendo neutralidad.
Al terminar el desayuno, Amatista subió a su oficina a recoger algunos bocetos. Sabía que esa tarde definirían el rumbo de la nueva colección, y aunque había trabajado en varios diseños, ninguno terminaba de convencerla.
Minutos después, bajó lista. Enzo ya la esperaba junto a la puerta. Salieron juntos y subieron al auto. Antes de que Enzo bajara en la clínica, Amatista se inclinó para darle un beso suave en los labios.
—Te veo luego, amor.
—Cuídate, gatita.
Amatista continuó su camino hacia el café donde se encontraría con Santiago. No notó al hombre que, desde una distancia prudente, la seguía con atención, tomando fotos discretas. Un encargo directo de Isis.
Al llegar al café, divisó a Santiago sentado en una mesa cerca de la ventana. La saludó con una sonrisa cálida.
—¡Amatista! Me alegra verte.
—Igualmente, Santiago.
Se acomodaron y pronto la conversación giró en torno a la próxima colección.
—Estuve pensando… deberíamos enfocarnos en algo que evoque pasión y deseo. Algo más atrevido, quizás con un toque sensual. Y, como la última vez, incluir joyas para ambos géneros —propuso Santiago.
Amatista asintió lentamente, pero no sacó los diseños que llevaba consigo. Sentía que no encajaban con esa visión.
—No estoy segura de que mis bocetos actuales vayan por esa línea…
Santiago la observó con atención.
—No tienes que decidir ahora. Pero piensa en esto: muchos clientes están pidiendo diseños exclusivos. Podrías dedicarte a eso, tendrías ingresos más altos y Lune ganaría aún más prestigio.
Amatista reflexionó un momento.
—Lo pensaré. Pero sé que eso implica más tiempo y compromiso.
—Vale la pena, créeme.
Tras un rato más de conversación, se despidieron cordialmente. Al salir, Amatista sacó su teléfono y llamó a Enzo.
—¿Cómo te fue, amor? ¿Quieres que pase a buscarte?
La voz de Enzo sonó relajada al otro lado.
—Ya me revisaron, todo está bien. Vine al club porque tengo reuniones. Si quieres, ven conmigo y luego volvemos juntos a casa.
Amatista soltó una risita.
—Estaré ahí en un momento.
Antes de que colgara, Enzo agregó con tono más serio:
—Por cierto, Jeremías está aquí.
Hubo un breve silencio antes de que Amatista respondiera con calma:
—Está bien, amor. Nos vemos en un rato.
Colgó, respirando hondo. Sabía que tarde o temprano tendría que enfrentar esa verdad. Pero por ahora, solo quería llegar y estar junto a Enzo.
Sin notar que seguían registrando cada uno de sus movimientos.
Colgó, respirando hondo. Sabía que tarde o temprano tendría que enfrentar esa verdad. Pero por ahora, solo quería llegar y estar junto a Enzo.
Sin notar que seguían registrando cada uno de sus movimientos.
El hombre que había estado siguiendo a Amatista observó cómo entraba al club de golf. No necesitaba más. Sacó su teléfono, seleccionó las fotos del encuentro entre Santiago y Amatista, y las envió a Isis con un mensaje corto: "Aquí tienes lo que pediste." Sin molestarse en esperar una respuesta, giró sobre sus talones y se alejó del lugar, desapareciendo entre los autos.
Pasó un rato antes de que Amatista llegara al club de golf. Ingresó al café con la mirada atenta, buscando a Enzo, pero no estaba allí. Frunció suavemente el ceño y suspiró. Sabía que Enzo solía refugiarse en su oficina cuando quería privacidad. Sin pensarlo mucho, decidió dirigirse allí.
Sus pasos firmes resonaban suavemente en el piso, pero antes de llegar, se cruzó con Jeremías. Estaba acompañado por tres hombres jóvenes y bien vestidos—Darío, Mariano y Juan—y dos mujeres, Teresa y Jesica. Al verla, Jeremías sonrió con calidez y se adelantó.
—Amatista, hija —la saludó con tono afectuoso—. Ven, quiero presentarte a unos socios.
Amatista vaciló por un momento, dirigiendo una mirada hacia el pasillo que conducía a la oficina de Enzo. Dudó, pero decidió no ser descortés.
—Claro, papá —respondió con una leve sonrisa.
Jeremías apoyó una mano firme y protectora sobre su hombro mientras la guiaba hacia el grupo.
—Les presento a mi hija, Amatista.
Darío fue el primero en reaccionar, con una sonrisa encantadora.
—Jeremías, no nos habías contado que tenías una hija tan hermosa.
Mariano dejó escapar una risa baja.
—Con esa belleza, no me sorprende que ya esté embarazada a tan corta edad.
Juan, con aire más reservado, dirigió la mirada hacia el cuello de Amatista, notando sutilmente las marcas.
—Y veo que a alguien le gusta dejar en claro que es suya… —comentó en voz baja, apenas audible, pero cargada de insinuación.
Amatista sintió una ligera incomodidad, pero mantuvo su postura serena. No les daría el gusto de notar su molestia. Discretamente, sacó su teléfono y envió un mensaje a Enzo: "Estoy en el café con Jeremías. Me quedaré un momento."
La respuesta no tardó en llegar: "Estoy en una reunión, pero iré a buscarte luego. gatita."
Jeremías, ajeno a los comentarios, sonrió.
—Pide lo que quieras, hija.
—Una limonada, por favor —respondió Amatista con suavidad.
La conversación entre los hombres derivó rápidamente en temas de negocios. Sin embargo, las miradas furtivas de Darío, Mariano y Juan hacia Amatista se hicieron cada vez más evidentes.
Después de un rato, Mariano estiró los brazos y comentó con entusiasmo:
—La tarde está perfecta para jugar un poco al golf. ¿Qué opinan?
Los demás asintieron casi al instante. Jeremías giró hacia Amatista con una sonrisa.
—¿Te unes a nosotros, hija?
Amatista esbozó una sonrisa tranquila.
—Claro, pero iré al baño primero.
Aprovechó ese momento para enviar otro mensaje a Enzo: "Vamos al campo de golf."
La respuesta fue rápida y clara: "Cuídate, amor."
Al regresar, el grupo ya se dirigía al campo de golf. Amatista caminó junto a Jeremías, quien, con tono didáctico, comenzó a explicarle las reglas básicas del juego, asumiendo que ella no sabía jugar.
—Es un juego de paciencia y precisión. No se trata de fuerza, sino de calcular cada golpe —comentaba mientras señalaba el green.
Amatista sonrió levemente, dejando que su padre hablara, aunque ya entendía lo esencial. Su mente estaba enfocada en lo que él decía, disfrutando de la explicación, sin notar las miradas furtivas que los hombres dirigían hacia ella.
A cierta distancia, Darío se inclinó hacia Mariano y Juan, su tono cargado de interés.
—¿Vieron esos labios? Con esos ojos, debe ser un placer… —comentó Darío, su mirada fija en Amatista, evidentemente atraído por su belleza.
Mariano soltó una pequeña risa, su tono lleno de sugestión.
—La mujer perfecta. ¿Te imaginas cómo estaría con ella? Tiene lo que se necesita para hacer que cualquier hombre pierda la cabeza.
Juan, por su parte, mantenía su mirada en el cuerpo de Amatista, sin disimular su interés.
—Solo por mirarla, cualquiera sería capaz de hacer locuras —comentó con un tono más grave, sin apartar los ojos de ella.
Tamara, que caminaba junto a los hombres, no pudo evitar hacer un comentario, aunque de forma aparentemente ligera.
—No entiendo cómo alguien tan hermosa puede estar en este ambiente tan aburrido. Ella debería estar rodeada de otra clase de gente.
Jesica, al escuchar la conversación, intervino con una risa suave.
—Seguro que los hombres se vuelven locos por ella, aunque supongo que no es la primera vez que lo escuchas, ¿verdad? —preguntó con una sonrisa traviesa, sin ocultar su propia admiración.
Amatista, ajena a las palabras que se lanzaban entre los hombres, continuaba escuchando a Jeremías, quien seguía explicándole el juego con entusiasmo. Su mente estaba en el sonido del golpe de las pelotas y la calma del ambiente, completamente desconectada de las miradas y susurros que la rodeaban.
La partida comenzó. Los hombres competían amistosamente, disfrutando del desafío. Jeremías le explicaba a Amatista cada movimiento, mientras ella lo escuchaba atentamente, con su usual calma.
—La clave está en la postura, hija. Mira… —Jeremías tomó el palo con firmeza, pero su golpe fue desastroso; la pelota apenas rodó unos centímetros.
Amatista no pudo evitar soltar una risa suave.
—Eso fue… impresionante, papá —bromeó, cubriéndose los labios mientras lanzaba una mirada cómplice a su padre.
Jeremías rió con ella, sacudiendo la cabeza. A lo lejos, los hombres no dejaban de observar, y Darío aprovechó el momento para susurrar:
—Esa risa… debería hacerlo más seguido. Le queda mejor que esa cara seria.
Mariano asintió, una sonrisa torcida en su rostro.
—Imagínate cómo sonará si la hacemos reír nosotros.
Juan, manteniendo su enfoque en el juego, murmuró con un tono más bajo:
—Tiene el tipo de cuerpo que te hace pensar en cosas que no deberías.
Pero los comentarios seguían siendo entre ellos, sin que Amatista los percibiera. Ella estaba centrada en la conversación con Jeremías, quien le hablaba sobre la importancia de la postura al golpear la pelota.
La tarde continuaba con la partida en marcha, y los hombres seguían lanzando algunos comentarios, pero nada parecía distraer a Amatista. Al contrario, seguía concentrada en la lección que su padre le daba con paciencia.
Darío, sin perder de vista a Amatista, murmuró:
—¿Te imaginas lo que sería tenerla un par de horas para mí solo?
Mariano se rió, observando el paisaje mientras decía:
—Seguro que sería una tarde interesante. Nunca he conocido a alguien tan... llamativa.
Mientras tanto, Amatista solo escuchaba a su padre, ajena a las conversaciones que se tejían a su alrededor. Ella había decidido no jugar, pero se mantenía cerca de Jeremías, disfrutando de la compañía sin prestarle atención a nada más.
Cuando llegó el momento de lanzar, Jeremías le explicó que la clave estaba en el golpe suave, y ella lo observó atentamente, disfrutando de cada palabra, completamente desconectada de la atmósfera cargada que la rodeaba.
Tamara se acercó a Amatista, aparentemente interesada en hacerla sentir parte del grupo.
—¿Estás disfrutando el día, querida? Sé que el golf no es para todos, pero con lo hermosa que eres, seguro que no hay nada que no puedas hacer bien.
Amatista seguía observando atentamente a su padre mientras se preparaba para otro golpe. Con su mirada fija en el palo de golf y en los movimientos de Jeremías, no notó la llegada de Enzo, que se acercaba silenciosamente, sus ojos centrados en ella.
La conversación entre los demás se volvió más intensa a medida que Enzo se acercaba. Teresa, con una sonrisa curiosa, miró a Amatista y luego a Enzo.
—Sería interesante saber si Amatista podría conquistar a Enzo Bourth —comentó, mirando a la joven con atención.
Los hombres, con una sonrisa burlona, comenzaron a hacer sus propias suposiciones.
—Con ese cuerpo… Seguro que lo logra —dijo Mariano, sin apartar los ojos de Amatista.
Juan, con un tono más mordaz, agregó:
—Imagínate cómo se vería si la ve en lencería, seguramente ningún hombre se le resistiría.
Dario rió, pero el tono en su voz era claro, incluso un poco más visceral.
—Sí, sin duda, sería un espectáculo.
La conversación quedó suspendida cuando Enzo apareció, su presencia calmada pero imponente. Aún en silencio, su mirada se fijó en Amatista. Justo cuando ella se giró, sus ojos se encontraron con los de él, y un susto recorrió su cuerpo. Un grito involuntario escapó de sus labios.
—¡Enzo! ¡Me asustaste! —dijo, mirando a Enzo con sorpresa—. ¿Quieres que nuestro hijo nazca antes por el susto?
Enzo no pudo evitar soltar una risa baja, una que denotaba tanto diversión como cierto cariño por la situación.
—Lo siento, gatita —dijo, acercándose rápidamente a ella y abrazándola con suavidad—. No era mi intención asustarte.
Amatista lo miró con una mezcla de diversión y reproche, pero se relajó en sus brazos.
—Te salvas porque estás herido —le dijo en tono juguetón, señalando la cicatriz en su hombro.
Dario, Mariano y Juan rieron entre ellos, lanzando miradas cómplices hacia Teresa.
—Parece que Amatista conquistó a Enzo hace rato —dijo Dario, con una sonrisa traviesa.
Mariano asintió, mirando con detenimiento las marcas en el cuello y la mandíbula de Enzo.
—Sí, parece que a Enzo no le hace falta mucho esfuerzo para tenerla a su lado —comentó con una sonrisa irónica.
Juan, quien también observaba la escena, se unió a la conversación.
—Nada que no pueda conseguirse con un par de sonrisas y un poco de paciencia —agregó, sin dejar de mirar a Enzo y Amatista.
Jeremías, que había estado observando en silencio, decidió intervenir.
—Enzo —saludó, extendiendo la mano con una sonrisa cordial—. Qué bueno verte. Nos quedamos un rato, ¿te parece?
Enzo asintió con una leve sonrisa, sin apartar los ojos de Amatista.
—Está bien, nos quedaremos un rato —respondió, pero luego le dio un toque juguetón a Jeremías—. Pero dime, ¿por qué le estás enseñando a mi esposa cómo jugar al golf?
Jeremías se rió ligeramente, sin preocuparse por la pregunta.
—Es para que aprenda a jugar. Así puede unirse a las partidas de vez en cuando —respondió, con tono amigable.
Enzo se río suavemente, dejando claro que no se tomaba las palabras de Jeremías demasiado en serio.
—Mi esposa sabe jugar muy bien al golf, incluso me ganó dos veces. Yo mismo le enseñé —dijo, con un tono de orgullo, mientras miraba a Amatista—. ¿Verdad, gatita?
Amatista sonrió ante la afirmación de Enzo, su corazón latiendo con una mezcla de diversión y cariño. Luego, con una sonrisa pícara, agregó:
—Mi papá estaba tan emocionado explicándome todo que no me anime a decirle que ya sabía jugar —dijo, lo que hizo que todos se rieran.