Capítulo 165 Bajo las risas, la tensión
Por la tarde la atmósfera en la sala principal del club estaba llena de una calma tensa. Enzo y Amatista, cada uno frente a su computadora, estaban absortos en la investigación sobre Diego. Aunque la pantalla de sus ordenadores no revelaba nada nuevo, ambos sabían que cada dato podría ser crucial para encontrar al hombre que seguía acechando desde las sombras. El silencio solo se rompió cuando el guardia Pérez, con el kit de diseño y los lápices en la mano, llegó a la sala. Enzo tomó el paquete y lo entregó directamente a Amatista, quien lo agradeció con una sonrisa ligera, sabiendo que los detalles de su trabajo no podían esperar.
Los socios, que tras una siesta volvieron a reunirse en la sala principal, no pudieron evitar lanzar bromas sobre la situación cuando vieron al guardia Ortega junto a otros miembros del personal luchando por bajar la cama rota por las escaleras.
—¡Ortega, cabrón! —exclamó Alan, divertido—. ¿Te está costando mucho? Parece que la cama todavía se resiste a salir del cuarto.
—No es la cama, es el recuerdo de anoche —agregó Facundo, carcajeándose—. Seguro todavía tiene la esencia de la batalla.
—Si quieren, podemos ayudarles a armar otra en el mismo cuarto —bromeó Nahuel—. Pero esta vez pónganle refuerzos de acero.
—¡Pobres cabrones! —dijo Amadeo, con las manos en los bolsillos—. Enzo y Amatista la destrozaron en una noche, y ustedes llevan diez minutos y no pueden ni bajarla.
—Si esa cama hablara… —murmuró Roberto, sacudiendo la cabeza con una sonrisa—. Bueno, en realidad no haría falta, creo que todos la escuchamos anoche.
—¿Y si en lugar de sacarla, la dejan como reliquia del club? —se burló Andrés—. Como testimonio de la noche en que Enzo casi tumba el cuarto entero.
—¡Vamos, Ortega, ¡no aflojes! —se burló Gustavo—. ¿O necesitas que Enzo te explique cómo se maneja una cama?
Las carcajadas resonaron en la sala mientras los guardias, visiblemente avergonzados, trataban de ignorar los comentarios y concentrarse en su trabajo.
—¿Qué pasó con esa cama? —preguntó Maximiliano, llegando al club con su hermano Mauricio. Al ver el espectáculo, no pudieron evitar preguntar.
—Anoche, Enzo y Amatista tuvieron una noche tan apasionada que la cama no resistió —comentó Alan, haciendo que las risas comenzaran a llenar la sala.
Maximiliano soltó una carcajada ruidosa, y con una mirada hacia Enzo, le preguntó entre risas:
—¿De verdad rompieron la cama?
—Sí —respondió Enzo, sin inmutarse.
—Debías haber escuchado —interrumpió Joel, imitando de forma exagerada algunos de los gemidos de la noche pasada—: “Mmm… sí… más… Mmm… Enzo, Ahhh… Gatita…”
—Intentamos contar cuántas veces lo hicieron, pero perdimos la cuenta —agregó Roberto, también entre risas.
Mauricio se unió a las bromas, riendo también.
—Está claro que Amatista volvió… Al fin te libras de Rita —dijo, mientras miraba con una sonrisa burlona a Enzo.
Amatista, a pesar de las risas, se sintió empujada a defenderse.
—¡Son unos envidiosos! —dijo, con tono juguetón—. Seguro que pegaron la oreja a la puerta.
Maximiliano y Mauricio se miraron, intercambiando una sonrisa antes de responder en tono juguetón.
—Si hubiéramos pegado la oreja a la puerta, seguro que no hubiéramos podido resistir —dijeron, sin contener las carcajadas.
Enzo, con una mirada seria, levantó la mano.
—Basta de chisme, si van a seguir, al menos siéntense —dijo, con voz firme, antes de volverse hacia Maximiliano—. ¿Pudieron averiguar algo sobre Diego?
El ambiente se tornó más serio, y Maximiliano, dejando de reír, asintió con la cabeza.
—Sí, sabemos dónde se está ocultando. Si decides dar el golpe, podemos hacerlo, pero necesitamos estar seguros.
Enzo, con cautela, le pidió más información.
—Asegúrate de que esté ahí. Diego es muy inteligente, podría ser una trampa.
Maximiliano, firme, asintió.
—Me aseguraré de confirmarlo.
En ese momento, Rita e Isis bajaron al salón. Al ver lo que sucedía con la cama, Isis no pudo evitar hacer un comentario mordaz.
—¿No te da vergüenza andar con una loca por el sexo? —le dijo a su primo, mirando a Enzo.
Amatista, sin perder la compostura, soltó una risa.
—No exageres. No es mi culpa que a ti (Isis) nadie te vea atractiva como para querer cogerte —respondió con tono juguetón.
Los socios comenzaron a reírse, lanzando comentarios en broma, como:
—¿Qué pasa, Isis? ¿No tienes a nadie que te quiera? —dijo Joel, entre risas.
—Es que, Isis, si fueras un poco más divertida, tal vez encontrarías a alguien que te aguante —agregó Nahuel, guiñando el ojo.
Enzo, levantando la mano, pidió silencio.
—Cállense. Lo que haga con Amatista es asunto nuestro —dijo, su tono imponente ahogando las bromas.
Rita, furiosa, intervino.
—Aún no firmamos el divorcio, así que esto también me incumbe. Estás engañándome.
Enzo se rió con desprecio.
—No seas estúpida —respondió, sin perder la calma.
Rita, aún furiosa, se dirigió a Amatista.
—¿No te da vergüenza romper la cama con un hombre casado? —preguntó, con tono acusador.
Amatista la miró fijamente, su rostro serio.
—No me dio vergüenza en ningún momento. Al contrario, estaba muy satisfecha, disfrutando con tu marido hasta que la cama decidió romperse —dijo con una sonrisa juguetona. Luego, miró a Rita a los ojos y añadió—: No te preocupes, el sofá sirvió para dos encuentros más. Y, por cierto, la próxima vez que quieras que atienda a tu marido, envíalo con preservativos.
Las risas estallaron nuevamente, apoyando a Amatista en su respuesta. Algunos comentarios de los socios no tardaron en salir:
—¡Qué golpe, Rita! —dijo Gustavo, riendo.
—Te lo advirtió, Rita —añadió Andrés, sonriendo ampliamente.
Rita, furiosa por la burla, levantó la mano para darle una cachetada a Amatista, pero ella, rápida como siempre, le agarró la muñeca y la dobló, haciendo que Rita soltara un grito de dolor.
—Te advierto que Roque también me enseñó a pelear —le susurró, con una sonrisa desafiante.
Enzo, levantándose de su silla, se acercó y le dijo a Ortega que dejara la cama para después, pidiendo que primero se encargara de echar a Rita e Isis.
—No quiero verlas aquí —añadió, con voz firme.
Amatista, disfrutando del ambiente relajado, se acercó a Enzo, quien se había levantado para calmar los nervios. Con un encendedor en la mano, Enzo buscaba tranquilizarse. Amatista notó el grabado de “Gatita” en el encendedor y, aunque no dijo nada, no pudo evitar una sonrisa al ver el detalle. Sabía lo que ese pequeño gesto significaba.
La puerta del club se cerró de golpe detrás de Rita e Isis, con Ortega asegurándose de que no volvieran a entrar. A pesar del bullicio de las bromas y risas anteriores, el ambiente dentro del salón se tornó más serio cuando Enzo y Amatista volvieron a concentrarse en su investigación sobre Diego.
Amatista, con el ceño fruncido, navegaba en la red social de Diego, revisando cada publicación con atención. Algo en las imágenes la inquietaba. Al detenerse en una en particular, notó algo extraño.
—Enzo, ven a ver esto —llamó, ampliando la pantalla de su laptop.
Enzo se acercó y se inclinó sobre su hombro. La foto mostraba a Diego y a Romano juntos, pero lo que llamó la atención de Amatista era la forma en que muchas de las imágenes estaban recortadas. Al hacer una rápida búsqueda en la cuenta, descubrió varias fotos antiguas de Diego con Romano, la mayoría editadas para que solo aparecieran ellos dos, eliminando cualquier otro rostro.
—Es raro, ¿no? —murmuró Amatista, observando la pantalla—. Parece que Diego quería borrar a los demás… Como si quisiera enfatizar su relación con Romano.
Enzo se quedó en silencio por un momento. Su mandíbula se tensó levemente mientras sus pensamientos comenzaban a conectar piezas sueltas del pasado.
—Romano siempre fue cercano a Diego —murmuró—. Hugo… su propio padre, nunca lo trató bien. Siempre dudó de que Diego fuera su hijo. Creía que su esposa lo había engañado.
Amatista lo miró con sorpresa.
—¿Y por qué Romano lo ayudaba?
—Porque era así —respondió Enzo con indiferencia—. Si veía a alguien en desgracia, le extendía la mano… sobre todo si tenía potencial.
Amatista bajó la vista a la pantalla.
—Entonces… ¿es posible que el problema de Diego no sea directamente contigo? Tal vez su verdadera venganza es contra Romano, pero como Romano murió… tú te convertiste en su objetivo.
Enzo exhaló el humo de su cigarro lentamente, procesando las palabras de Amatista.
—Es posible —dijo, con el ceño fruncido—. Pero necesito entender por qué. Si Romano lo apoyaba, ¿qué pasó para que terminara odiándolo?
—Tal vez algo en los negocios de Romano —sugirió Amatista, volviendo a mirar la pantalla—. Deberíamos revisar todo lo que podamos encontrar sobre sus inversiones y sus relaciones con la familia de Diego.
Enzo se quedó pensativo. La familia Ruffo y la familia Bourth habían sido cercanas hasta que todo se quebró. La herida que había dejado el secuestro de Amatista y la eliminación de Martina y Hugo aún estaba fresca.
—Diego perdió a su hermana y a su padre por mi culpa —dijo Enzo en voz baja—. Pero si esto va más atrás… Si esto viene desde Romano… entonces hay algo que aún no hemos descubierto.
Amatista asintió, con la mirada fija en la pantalla.
—Entonces, hay que empezar por el pasado de Romano. Ahí debe estar la respuesta.
—Voy a enviar a buscar todos los archivos de Romano a la mansión —dijo Enzo, apartando la vista de la computadora.
Amatista, sin levantar la mirada de la pantalla, dejó escapar una risa baja.
—No esperes encontrar demasiado —comentó con diversión—. Romano era un desastre para esas cosas.
Enzo la miró y asintió con una leve sonrisa.
—Sí, lo sé. Pero algo debe haber.
Se giró hacia Maximiliano, quien estaba apoyado contra la mesa con los brazos cruzados, observando la conversación.
—Quiero que confirmes el escondite de Diego —le ordenó Enzo—. Ya no tiene recursos, no podrá mantenerse oculto por mucho más tiempo.
—Lo haré personalmente —respondió Maximiliano con seriedad—. No quiero que se nos escape otra vez.
Enzo asintió, satisfecho con la respuesta, y luego miró a Amatista.
—Será mejor que descansemos un rato hasta que lleguen los archivos —dijo—. Necesitaremos mantener la cabeza fría.
Amatista cerró la laptop y asintió, tomando el kit de diseño que Enzo había comprado para ella. Se levantó y, con una sonrisa, se inclinó para darle un beso en la mejilla.
—Gracias por esto —susurró, acariciando la caja del kit con los dedos.
Enzo la observó con intensidad, su mirada oscureciéndose con deseo. Pero Amatista, ajena a lo que despertaba en él con cada pequeño gesto, simplemente le sonrió.
—Voy a dibujar un rato —anunció.
—¿Tienes una oficina aquí? —preguntó de repente, mirándolo con curiosidad.
Enzo la observó fijamente, su mente yéndose inmediatamente a otro tipo de pensamientos. Amatista conocía bien esa mirada, la había visto muchas veces antes.
Con una sonrisa coqueta, Enzo se acomodó en su asiento y respondió con voz sugerente:
—Sí… ¿Por qué quieres saber?
Amatista, entendiendo perfectamente en qué estaba pensando, puso los ojos en blanco con diversión.
—No te ilusiones —le dijo con una sonrisa burlona—. Solo quería saber si tienes una impresora.
Maximiliano y Mauricio intercambiaron una mirada y se rieron.
—Les advierto a todos —dijo Mauricio con tono divertido, dirigiéndose a los demás socios—, que tengan cuidado. No solo les gustan las habitaciones, también las oficinas.
Las risas estallaron en el grupo, seguidas de comentarios burlones.
—Por eso a veces las reuniones de Enzo se retrasan tanto —bromeó Joel.
—Claro, seguro que está… muy ocupado con la administración —añadió Andrés con una sonrisa socarrona.
—Organizando los archivos, claro —se burló Gustavo.
Amatista, divertida, negó con la cabeza.
—Dejen de ser tan envidiosos —dijo con una sonrisa.
Enzo se rió bajo, encendiendo un cigarro.
—Dejen a mi mujer tranquila —dijo en tono de broma, mirando a Amatista con diversión.
Ella le lanzó una mirada divertida antes de alejarse, ignorando las miradas y risas que seguían sonando en la sala.
Amatista se acomodó en la oficina de Enzo, el espacio amplio y elegante reflejando su gusto por el lujo y el diseño. Se sentó frente a su escritorio, tomando el kit de diseño con una sonrisa pensativa. Sacó su lápiz y comenzó a trazar líneas con precisión, como si cada movimiento estuviera destinado a algo especial.
Sabía que debía crear algo único para él, algo que fuera solo de Enzo, que capturara su esencia. Tras unos minutos, comenzó a darle forma a lo que sería un reloj, uno que llevaría los nombres de sus hijos: Renata y Abraham. No solo quería que fuera elegante y sofisticado, sino también algo que representara su amor y su familia, sin perder la imponente presencia que Enzo siempre mostraba. Las curvas del diseño eran suaves pero firmes, y cada detalle pensaba en mantener su estilo, un reloj que nadie más podría tener, porque reflejaría algo que solo Enzo y ella compartían.
Cada trazo parecía acercarse más a lo que había imaginado: una pieza única, perfecta para el hombre que la había hecho soñar con algo más allá del caos en el que vivían. Mientras lo diseñaba, un pequeño suspiro escapó de sus labios. Este reloj sería más que una joya, sería un regalo que él jamás olvidaría.