Capítulo 3 El fin
Diego Castillano abrió la puerta de la biblioteca bruscamente y se precipitó hacia la sala. Un relámpago iluminó la habitación a oscuras como si fuera de día por un instante. No había nadie allí. Una garra helada estrujó su corazón al adelantarse hacia el corredor de los dormitorios. Había dejado esa puerta abierta y ahora estaba cerrada. No quería siquiera pensar que Manuel se hubiera atrevido a ir en esa dirección.
Mas nunca llegó al corredor. Apenas había dado cuatro pasos cuando una sombra surgió de la nada a interponerse en su camino, y una espada destelló frente a su pecho con el siguiente relámpago. Por un momento sintió un alivio indescriptible: Manuel estaba allí, frente a él, y su hijo estaba a salvo.
—Las pistolas, Diego —dijo el corsario sin la menor animosidad, avanzando un paso que Diego Castillano retrocedió.
Un rayo cayó cerca de la casa y el fogonazo iluminó la figura vestida de negro. La casa pareció sacudirse desde sus cimientos mientras el fragor del trueno hacía vibrar los cristales de las ventanas. Diego Castillano alzó un poco las manos y se inclinó con lentitud para dejar las pistolas en el suelo. El corsario dio dos pasos rápidos para patear las armas lejos de su rival.
—Veo que has adquirido nuevos aceros desde mi última visita —comentó, en un tono coloquial que se sumaba a la tormenta para dar a toda la escena un tinte de pesadilla—. ¿Has aprendido a usarlos, también? Los tunantes que apostaste en el jardín por cierto que no sabían.
Diego Castillano se irguió y sostuvo su mirada en silencio. Necesitaba calmarse un poco y concentrarse si aspiraba a tener al menos una pequeña chance de sobrevivir. El Fantasma cabeceó en dirección a las panoplias al otro lado de la sala.
—Ve, coge una hoja. Te daré la oportunidad que tú nunca le diste a mi familia: una pelea limpia.
Diego Castillano se movió de costado hacia las panoplias, sin atreverse a darle la espalda. Estuvo tentado de soltar una risa amarga al escucharlo. ¡Una pelea limpia! ¿Contra un eximio espadachín como se decía que era Manuel? Al menos aún tenía el puñal de misericordia oculto bajo la camisa, asegurado en su faja. Sin embargo, aquella pausa que Manuel estaba forzando antes de atacarlo lo sorprendía. Era la primera vez que lo hacía.
— ¿Aún me culpas por la muerte de tu padre y tus hermanos? —inquirió, intentando sonar medianamente sereno. No tuvo más alternativa que apartar la vista de él para tomar una espada de la panoplia—. Sabes que nunca fui buen tirador, y esa noche no tenía más que un arcabuz. ¿Cómo crees que me las compuse para matar a tres hombres de un solo disparo con mala puntería?
Sacó una espada de la panoplia y la empuñó con mano temblorosa. La risa suave, condescendiente de Manuel sólo dos pasos tras él lo hizo girar sobresaltado.
—¿En verdad crees que voy a matarte por un disparo de arcabuz? —Su acento casual le causaba escalofríos a Diego Castillano—. ¿Acaso crees que ignoro lo que ocurrió ese día? Venga, mírame a los ojos. Da la cara por una vez.
Si había algo que Diego Castillano no quería, eso era enfrentar a Manuel. El corsario mantenía su espada apuntando al suelo y había ladeado la cabeza un poco hacia un hombro, observándolo en la luz intermitente de los relámpagos.
—Ese día le fuiste con el chisme al cerdo de tu padre, y él fue quien advirtió al Hidalgo sobre los planes de mi padre y los demás —dijo, como quien le explica algo a un niño atolondrado—. Y aun así, todavía te quedaba una oportunidad para reparar tu indiscreción. Pero no te alcanzaron las agallas. —Meneó la cabeza con desdén—. Tu lugar era con nosotros, y sin embargo elegiste seguir a tu padre y a tu tío. Fuiste cómplice del Hidalgo contra tus iguales. Tal vez mataste a uno de mis hermanos, o a mi padre. Pero nos traicionaste a todos esa noche. Y tu traición costó mucho más que la sangre que ayudaste a derramar.
Diego Castillano intentó desviar la vista. La hoja del Fantasma se alzó con un breve silbido a apoyarse en su mejilla.
—Que me mires, te dije —siseó el corsario entre dientes, su acento de pronto cargado de rencor—. Esta noche enfrentarás todos tus pecados, lo quieras o no. —Aguardó a que Diego Castillano volviera a encontrar sus ojos para continuar—. Tal vez no lo sepas, porque huiste de Los Encinos como alma que lleva el diablo, pero tu traición mejoró la posición de tu padre entre los campesinos, y se volvió ambicioso. Puso sus ojos en nuestras tierras y en mi madre. Viendo que estábamos en peligro de perder la finca, porque los dos solos no nos dábamos abasto para trabajar la tierra, el cerdo le ofreció a mi madre contratarle peones a cambio de recibirlo tres veces por semana. Y cuando ella se negó, él aprovechó su nueva posición para convencer al Hidalgo de que nos expulsara y le arrendara nuestras tierras a él.
Diego Castillano se envaró cuando la espada de Manuel se apoyó en su pecho.
—Lo perdimos todo. Mi madre y yo nos convertimos en mendigos, condenados a vagar sin techo, sobreviviendo con limosna y mendrugos mohosos. Mi madre murió de hambre y frío dos años después.
Diego Castillano frunció el ceño y el Fantasma meneó la cabeza con sonrisa desdeñosa.
—Creías que los harapos de pordiosero cuando te encontré en Cádiz eran un disfraz.
El corazón de Diego Castillano dio un vuelco al comprender que Manuel tenía más razones para odiarlo de las que él había sospechado. Y que su odio era mucho más profundo e intenso de lo que jamás imaginara.
El corsario movió la hoja para tocar la suya.
—En guardia ahora, Diego. Terminemos de una vez. Sólo uno de nosotros saldrá vivo de esta habitación.
Diego Castillano respiró hondo y retrocedió varios pasos para hacer lo que Manuel indicara. Alzaba su hoja cuando un relámpago le mostró adónde habían ido a dar sus pistolas. Apretó los dientes. No era momento de honor o bravura. Pelear limpio no lo sacaría con vida de semejante aprieto, de modo que estaba dispuesto a aprovechar cualquier ventaja que se le ofreciera, por mínima que fuera.
El Fantasma retrocedió también y adoptó una guardia abierta con una parada de tercera. Encontró los ojos de Diego Castillano y asintió para indicarle que le cedía la iniciativa.
Diego Castillano no se preocupó por pretensiones de estilo. Abatió su hoja con todas sus fuerzas y cargó contra Manuel, intentando alcanzarlo y derribarlo. Pero el corsario bloqueó su hoja y lo rechazó de un empellón. Diego Castillano sintió el ardor de un corte en su brazo izquierdo. No se detuvo a recuperar la postura ni el aliento. Atacó una vez más, y el Fantasma lo rechazó una vez más.
—Ni siquiera a las puertas de la muerte eres capaz de jugar limpio —masculló el corsario.
Diego Castillano intentó sacar el puñal de misericordia, pero jamás llegó a hacerlo. Se consideró afortunado cuando atinó a desviar la estocada de Manuel que buscaba su corazón.
El Fantasma no volvió a cederle la iniciativa y lo atacó con brío, descargando una lluvia de estocadas de la que apenas podía defenderse. En sólo un par de minutos, media docena de cortes superficiales habían rasgado sus ropas. El sonido de los aceros llenó la sala, despertando ecos en el resto de la casa.
Diego Castillano comenzó a retroceder, jadeante y sudoroso. Debía alcanzar una de las pistolas o no duraría otros dos minutos. Pero el Fantasma adivinó sus intenciones.
—¡Maldito traidor! —gritó, furioso. Redobló sus ataques, y tras varios intentos fallidos, hundió su hoja en el pecho de Diego Castillano.
La arrancó de un tirón, precipitando una hemorragia incontenible, y Diego Castillano se derrumbó a sus pies, sacudido por temblores agónicos.
—¡Padre!
El grito de desesperación hizo girar sorprendido al corsario. La puerta al corredor que él mismo había cerrado estaba abierta de par en par, y vio la sombra de un niño de pie allí. Otra sombra surgió tras el niño, una muchacha que lo contuvo para evitar que corriera hacia su padre moribundo. En ese momento sonó un disparo. El Fantasma sintió el proyectil que penetraba por su espalda, bajo las costillas. La ardiente trayectoria ascendente que describió en su interior le dijo que estaba condenado.
El disparo provocó un tumulto tras la puerta de las dependencias de servicio, que él destrabara para entrar. Manuel intentó girar hacia allí. Seguramente sus hombres, alertados por la detonación, enfrentaban a los sirvientes para llegar hasta él.
El niño seguía gritando y la muchacha luchaba por contenerlo.
Un velo sangriento nubló la vista de Manuel y sus piernas cedieron. La espada resbaló entre sus dedos. Se desplomó sin poder evitarlo y quedó tendido de cara a Diego Castillano, a sólo un paso de él. Vio la sangre que manaba de su herida y sus estertores al tratar de respirar. Encontró sus ojos turbios por última vez.
Ya no escuchaba ruidos cerca ni lejos. Un extraño silencio parecía haber descendido sobre él. El resto de la habitación, el resto de la Creación, había desaparecido. Entonces sintió una presión temblorosa en su mano. Logró mover la cabeza lo suficiente para mirar y halló la mano de Diego Castillano cubriendo la suya.
—Manuel… —musitó Diego Castillano, y se atragantó con su propia sangre.
Él ya no podía responderle. De modo que volvió a buscar sus ojos, que lo miraban desde tan cerca. Casi no llegaba aire a su pecho. Alcanzó a pestañear. Los dedos de Diego Castillano apretaron su mano un momento más.
Manuel Velázquez sintió que una calma desconocida lo colmaba. Ya no había más dolor. Ya no había más furia. Alcanzó a pensar por última vez en su esposa y su hija, su pequeña perla, que trajeran amor y luz a su vida. Wan Claup cuidaría de ellas.
Entonces la mano de Diego Castillano se aflojó entre sus dedos. Y Manuel Velázquez, el Fantasma, cerró los ojos para dejar ir su último aliento.