Capítulo 6 La marca de la maldición
Los días se van pasando entre caminar desde antes del alba hasta casi el anochecer. Todos están cansados, sin embargo, la moral sigue alta porque las canciones de Iris por las noches los ayudan a conciliar el sueño y a reponer esa energía espiritual que todos necesitan para seguir avanzando.
Los cuervos van y vienen con el castillo, hasta ahora no hay ninguna novedad. Un gran contingente se ha quedado para defender el castillo y los pueblos de alrededor, se han establecido vigías en todas las ciudades y, además, se están instalando puestos de observación en medio del bosque. Para tratar de cubrir la mayor cantidad de territorio posible.
Ya es el mediodía del quinto día de avance del ejército hacia el sur y Lucía deja escapar un suspiro de cansancio. A lo lejos logran ver el gran lago de las Hadas, las que se creen extintas, pero según la historia de Zondeya estas están sumergidas bajo el agua en una ciudad protegida para que los humanos no las ataquen.
—Creo que por hoy deberíamos detenernos aquí. El último pueblo lo pasamos hace tres días y los caballos necesitan descansar, además de tomar agua dulce y así, también podríamos ver si es que podemos pescar algo en el lago —el general asiente a las palabras de Lucía y ordena que la marcha se detenga en torno al lago.
—No creo que sea una buena idea, quedaríamos rodeados entre el bosque y el lago. ¿Dónde se supone que escaparíamos si nos atacan en este momento? —Iris mira a Lucía y la princesa asiente.
—No creo que suceda algo como eso. Además, los escuadrones que nos han adelantado no han visto nada extraño en el camino, pero por supuesto, no nos vamos a fiar y pondremos puntos de vigilancia en todos los extremos del campamento.
—De todas maneras, igual es una buena idea descansar aquí hasta mañana en la mañana, puesto que nos quedan dos días para llegar a Santarya y después unirnos al resto del ejército, para dividirnos e ir a Aguas Claras y a Aguatormenta —señala el general con bastante optimismo.
«De esta manera llegaremos descansados y podremos ser una mejor respuesta para hacer frente a las fuerzas del rey Font, que en realidad es eso lo que necesitan nuestros soldados en la frontera.
Iris asiente, sin embargo, Merrick, en lugar de preparar su tienda se dedica a recorrer el extremo del campamento, con su báculo hace pequeños huequitos en el suelo pidiendo a los soldados que no los tapen. Al terminar camina hacia el lago y desde allí comienza a salir un hilo de agua que va formando una especie de barrera.
Quedan encerrados entre esa barrera y el lago, Iris se queda sorprendida por aquella magia y recuerda que los Magos de Eróstenes tienen el poder de manipular los elementos.
—Muy agudo, mago Merrick, no se me habría ocurrido de ninguna forma.
—Es por eso por lo que no protesté cuando la princesa decidió descansar aquí.
Sin decir nada más, coge sus cosas del caballo y se va a un espacio vacío para armar su tienda. Una vez lista, se mete allí dentro y no sale hasta que se le informa está lista la comida. Comparte en silencio los alimentos de la tarde mientras algunos van contando historias.
Entre todos hay soldados de bastante experiencia y que participaron de las últimas guerras que se llevaron a cabo hace algunas décadas atrás, algunas son historias heroicas, otras son historias de pérdida de compañeros y la mayoría son historias que los hacen reír. Ya ha pasado más de una hora desde que terminaran de comer y siguen allí sentados, disfrutando un poco de la brisa y de la frescura que les entrega el lago.
Algunos de los soldados un poco más jóvenes se ponen de pie y deciden ir a darse un chapuzón en el lago porque no saben cuándo será la última vez que puedan bañarse.
—Yo creo que es una excelente idea —dice la princesa que hace exactamente lo mismo y sin preocuparse de que todos se quedan mirándola, comienza a quitarse la armadura y se queda con la primera capa de su ropa.
Pero lo que hace en realidad afecta a Merrick es que iris hace exactamente lo mismo.
Se quita la capucha, el vestido que lleva y se queda sólo con la enagua que va debajo. Se da cuenta que la cabellera le llega a un poco más de la mitad de la espalda. Es tan blanca como sus ojos y su piel. Ambas mujeres caminan riéndose por los rostros de los hombres que las rodean, después de todo, son muy pocas las mujeres que se han unido al ejército para la guerra.
Merrick las ve disfrutar en el agua, reírse, nadar e invitar a quienes se mantienen en la orilla algo indecisos de unirse a ellas. El general no deja de reírse por los intentos de chapuzón de algunos.
Al final, después de sentir el calor y algo de envidia, Merrick decide unirse a todos ellos quedándose con la primera capa va hacia la orilla, deja su báculo enterrado y se mete al agua. Nada algo alejado del grupo que está disfrutando del lago y llega hasta una roca que está a unos cuantos metros de allí.
—¿Porque siempre debe ser tan solitario, mago Merrick? —la voz de Iris lo altera y lo obliga a retroceder un poco, quedando atrapado entre la hechicera y la roca, haciendo que a la mujer se le escape una risa—. No te haré daño, mago Merrick. Aunque tenga mal genio cuando me molesto, no sería capaz de dañar a un aliado.
—No te tengo miedo hechicera, sólo me sorprendiste, hace sólo unos minutos estabas con la princesa, ¿cómo es que llegaste nadando tan rápido aquí?
—Bueno, a veces la magia puede servir para entretenerse un poco, ¿no lo crees?
—No, soy bastante responsable en usarla.
—Yo diría más bien aburrido… Pero como quieras.
La hechicera, se marcha dejándolo allí pensativo, nada por alrededor hasta que decide regresar a la orilla para ir a cambiarse de ropa. Una vez dentro de su tienda, comienza a buscar su ropa de cambio en el baúl, de pronto alguien irrumpe en la tienda y se da vuelta apuntando con el báculo pensando que puede ser un enemigo, pero sólo ve a Iris levantando las manos en señal de rendición, aún en enaguas.
—Lo siento, me equivoqué de tienda, es que… —pero la voz se le apaga en cuanto ve el torso desnudo de Merrick y ve una enorme cicatriz que le cruza por todo el pecho de manera diagonal.
Parte casi desde el hombro izquierdo y termina casi en la cintura del lado derecho. Merrick baja el báculo y ella camina hacia él, sin pedirle permiso pasa su mano por aquella cicatriz de color negro que atraviesa la piel del mago.
Lo mira a los ojos y puede ver la expresión feroz en él, Merrick coge una camisa seca y se la coloca enseguida.
—Lo lamento, es que soy curiosa por naturaleza y me llamó mucho la atención. ¿Es por causa de la maldición, verdad?
—Sí —responde él con sequedad, porque por alguna razón, tampoco quiso negarse al tacto de la hechicera—. Esta es la marca que dejó en mi cuerpo la maldición que la bruja le lanzó a la princesa.
—¿Y es cierto que la maldición te prohíbe amar?
—Sólo a la pareja destinada —le dice él de manera cortante y volteándose para no verla a los ojos.
—O sea, puedes amar a la princesa, al rey, a la reina y a muchas personas, porque eso no te afectaría, pero si encontrases a tu pareja destinada, entonces…
—Me sumiría en un sueño eterno. Eso es lo que dice la maldición.
—¿Y sabes cuál era la finalidad de embrujar a la princesa con esa maldición?
—Evitar que se enamorara de quien sería su pareja destinada, puesto que significaría una enorme alianza que pondría en riesgo a todo el Mundo Oscuro.
—¿Y tú, sabes quién es la pareja destinada de la princesa? —Merrick se voltea y mira con expresión feroz a la hechicera, pero ésta no se inmuta.
—Sé muchas cosas, hechicera, pero no estoy dispuesto a decírtelas porque son secretos que pondrían en peligro a la princesa y a los reyes, y también a toda Avarnia.
—Eres interesante, mago Merrick. Te sacrificaste para salvar a la princesa y para salvar a toda Avarnia, aun cuando ahora iremos a la guerra por un grupo de su gente que quiere atacarnos… ¿Qué más estarías dispuesto a hacer?
—¿No te parece suficiente el dejar pasar el amor?
—Pensé que no querías enamorarte, eso es lo que oí alguna vez ti —Merrick sólo gruñe y ella se echa a reír—. Mejor me voy antes que me dejes convertida en piedra y quieras sacar todos mis secretos. Eso sería bastante terrible porque hay algunos que no me gustaría que nadie supiera, mucho menos tú.
Iris le dedica una última mirada y sale de allí tal como entró, dejando a Merrick con varias interrogantes y pensando por qué él no debería saber muchos de sus secretos.